miércoles, 19 de diciembre de 2012
“La mano en la hoja rozada, el viento y el miedo que se cuelan a una espalda desnuda, que bien puede ser tu espalda, puede ser tu piel blanca y fría de hielos magistrales que son la coraza de un alma improbable, y esa mano en la hoja que mueve la existencia primera, que bien puede ser mi mano, como tantas veces rozando con las yemas de los dedos su contorno impetuoso con la mirada fija en sus cauces. Ahora que la lejanía reacomoda los espacios de la vida que a maldita hora bordó mil singularidades separando nuestros nombres en un yo acobardado, puedo decir que los árboles son del mundo los sueños que no resistieron el paso del tiempo y sus malignas circunvoluciones, miles de sueños indignos y sufrientes estancados en la tierra. Sostengo una hoja en mis manos, con orgullo quebrantable alzo los brazos, y al cielo mis ojos enlutados…”
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