Escribo desde la rabia que me genera perderte en cada intento, saltan
de mí lobos feroces incapaces de piedad alguna que pueda sostenernos, anclarnos
a un mundo cada vez más incierto… esperaremos en la sombra, húmeda, fría,
infrahumana, un gesto simple como una hoja de invierno rebotando en los cúmulos
de aire hasta caer destrozando la existencia en un acto suicida, como yo
quizás, como la vida misma que instalaron en mi pecho cuando la mujer exhaló su
último suspiro de agonía maternal desterrándome para siempre de su lugar en el
cuerpo, matándome en simbólicas sangres que lavaban mis pieles de guerrero
insolente. Malditos llegaron los míos a poseer el mundo, desde el vientre
indómitos, airados, incapaces de la vida que ha trancos he logrado sostener,
cerdas de acero pululan en la mente desazogada,
un ser frenético que desplaza la tierra con su oscura pisada… malditos, cuántas
veces malditos, cuando sin corazón enamoradas corrieron las ninfas violadas del
alma, sin sus brazos, sin sus piernas, poseyéndolo todo. Miserable de mí que he
arrancado de la vida su gajo mortuorio, arrogante espectro desvanecido de labios
que vienes a conquistar tierras gangrenadas de gentes hambrientas cual si fuera
el paraíso.
Otro loco que llora, que grita, que suplica entre orines de maquillada
inocencia un lugar donde los rayos del sol puedan arrancarle a su sed la
palidez del rostro.
